El fenómeno del Dubai Chocolate y la oportunidad de innovar localmente
- Gabriela Valarezo
- 20 ago 2025
- 2 Min. de lectura

En los últimos meses, el llamado Dubai Chocolate se volvió tendencia global: una combinación hiperdeseada de chocolate con pistacho que alcanzó tal fama en redes sociales que provocó algo impensado: un desabastecimiento global de pistachos.
Este fenómeno deja en evidencia lo frágil que puede ser nuestra cadena alimentaria cuando todo el deseo se concentra en un solo producto o ingrediente. La dependencia de un único insumo no solo encarece los precios y genera presión sobre productores, sino que también limita nuestra creatividad como consumidores y creadores de alimentos.
Pero aquí entra la innovación como camino. ¿Qué pasaría si, en lugar de replicar ciegamente un trend, lo reinterpretamos desde lo local?
En Ecuador ya hay ejemplos inspiradores, como el spread de pepa de sambo de Nur, un producto artesanal, 100% local y con etiqueta limpia, que logra un sabor cremoso y nutritivo, ideal para convertirse en protagonista de nuevas versiones de este tipo de chocolates.
Otras alternativas que podrían reimaginar un Dubai Chocolate más sostenible y diverso:
Maní ecuatoriano: con su sabor intenso y su versatilidad, puede dar origen a cremas untuosas con un perfil distinto al pistacho, pero igual de atractivo. En Ecuador hay más de 51 variedades de esta planta leguminosa, abriendo el abanico de la diversidad alimentaria.
Nueces amazónicas (como la sacha inchi o nuez de Brasil): ricas en omega y con un aura de superfood, podrían sumar un storytelling único.
Pepa de zapallo o girasol: más accesibles y de gran potencial en texturas suaves para reemplazar cremas importadas.
Chocho andino: convertido en pasta suave, abriría posibilidades innovadoras y con un fuerte valor identitario en nuestra región.
La lección es clara: la innovación en alimentos no siempre implica crear algo nunca visto, sino reimaginar lo que ya tenemos a la mano. Quizás la próxima gran tendencia no sea repetir el Dubai Chocolate, sino darle un giro local, honrando la biodiversidad y los sabores que nos rodean.
Al final, se trata de cambiar la narrativa: de la escasez global de un ingrediente, a la abundancia creativa de lo local.


